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Un recorrido de solidaridad en medio de la crisis

Foto: Unsplash
El campo colombiano contra el COVID-19
El campo ahora se torna en una utopía, en un escenario distante donde la vida, en gran medida, continúa su flujo sin grandes alteraciones. Alejados de los epicentros de contagios y los limitados espacios, el campo continúa muchas de sus actividades sin alteración y se convierten en las grandes centrales de abasto, aunque siempre lo han sido, pero invisibilizados por las grandes transnacionales y los presuntuosos tratados de libre comercio que firma el país y que trae como efecto secundario la quiebra de los pequeños y medianos agricultores. Ahora, con los impedimentos y las dificultades que afronta el comercio y las importaciones, son los campesinos, agricultores, piscicultores y ganaderos quienes suavizan el impacto económico que vive el país. Sin embargo, de esta forma no viven el estado que atraviesa el país todas las familias campesinas, hay algunas que obtienen sus recursos de pequeños mercados campesinos, de locales comerciales en plazas municipales, de puestos ambulantes y comercio informal, actividades que actualmente son imposibles como efecto del aislamiento preventivo.
Sumándose a los agravantes de esta situación en los espacios rurales, aparece la dificultad para acceder a elementos de protección, además, en algunos lugares del país los servicios sanitarios y de saneamiento no son óptimos para la contingencia y la no propagación del virus, ya que no hay acceso a recursos esenciales como agua, alcantarillado o adecuado manejo de basuras, convirtiendo las zonas rurales en espacios propicios para el contagio de COVID-19. Se espera que las iniciativas solidarias en estos lugares, no solo se limiten a las ayudas gubernamentales y de las administraciones locales, que se tornan insuficientes, si no que aquellas que se ejecutan en las grandes ciudades alcancen los lugares más recónditos y vulnerables del país.
Pese a las ayudas humanitarias lideradas por el gobierno con el propósito de ayudar a todas las personas dentro del territorio colombiano, algunos campesinos o trabajadores de la tierra, manifiestan que no han recibido nada. Luis Alfonso Benavides, expresa que el paso a seguir es esperar a que llegue el virus o que la tierra no produzca nada y esperar la muerte por infección respiratoria o por hambre.
Es prudente recordar que el comportamiento y nuestras dinámicas como sociedad, como especie, no ha cambiado radicalmente, ahora, solo supone trasladar nuestra cotidianidad desenfrenada a los metros cuadrados de nuestros hogares, obligandonos a repensar lo ilimitado de nuestra existencia y lo matutino de la vida y en esta introspectiva aplacar nuestro ego como raza, sabiendo que nuestro poder caduca cuando la naturaleza lo decide. Ahora, se trata de redireccionar nuestro actuar, cada uno desde las singularidades de su realidad y su filosofía, pero compartiendo el sentir común de lo que nos une, apelando a la empatía pura que nos orienta a ponernos en los zapatos del otro y que como consideración personal es el avance más significativo de los últimos años y lo hemos aprendido a raíz de una crisis. Que las iniciativas solidarias no desaparezcan ni disminuyen, por el contrario que aumentan como respuesta al aprendizaje que hoy nos deja esta situación y es saber que el pueblo unido es más fuerte, que la caridad, la benevolencia, la bondad y la solidaridad perduren como consecuencia de este suceso histórico, así como aun vivenciamos secuelas no tan positivas de hechos similares.
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Diego Saldarriaga Galvis
Coronavirus: del flagelo a la empatía, un recorrido de solidaridad en medio de la crisis
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Manuel Rodríguez Serna

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